NOSTALGIA POR EL INSTINTO

by Beatriz Osornio Morales

Debilitada por la inmovilidad le sorprende otro noviembre, y otro amanecer en que no hay más que una resaca de nostalgia por el instinto. Para evitar las paredes verde agua que le producen una sensación de nausea, cierra los ojos y piensa que sería bueno levantarse a trabajar, a  mover el cuerpo, a bailar con la poca alegría de los huesos, mejor aún conseguirse un amante cada mes, visitarlo en secreto dos veces por semana, los días que no tenga función; abandonarlo cuando sea tiempo, dejarlo llorando, olvidar, llorarlo hasta el cansancio, desaprenderlo de memoria en el libreto de coreografías pasadas, maldecir mientras camina a la parada del metro. Cree que las grandes ideas se conciben así, casi por accidente pero en movimiento.

A pesar de su cuerpo débil, a pesar de estar sola, quiere ir al bar, sentarse en la barra luciendo su cabellera negra y su vestido guinda que tan bien le sienta, pedir un JackDaniels derecho, un cigarrillo largo de esos que se fuman en las películas francesas y un vaso con agua, inventarle al barman una desgracia o pretender que tiene un oscuro secreto. Y antes de que decida ordenar el cuarto whisky tomar un taxi a ninguna parte, recorrer las calles de la ciudad entera y de vuelta.

En el taxi piensa que los sueños solían ser premoniciones, como el diseño de los pisos. Antes de entrar en algún lugar por primera vez, le sucede que ya conoce el color y el diseño de los pisos, lo mismo con las plazas públicas en distintas ciudades, y el interior de las cúpulas de iglesias, coreografías completas que la hicieron  famosa, también fueron producto de sus sueños. Pero ahora los sueños, de un tiempo a la fecha son cosas a medias, inconclusos de los que no es fácil despertar y volver a tener fe, ni fama.

Un hombre que me quiere es todo lo que tengo -le había dicho al barman-, dos hijos y un corazón tullido que no sabe corresponder al cariño, por eso estoy aquí bebiéndome la amargura del desamor propio.

Con el cuerpazo que tiene usted puede tener lo que quiera -dijo el barman- entre el ruido de la licuadora que mezcla una margarita, y las copas bajadas del peine con movimiento acostumbrado- Podría ser bailarina de cabaret, o de esas finas que bailan en los teatros y viajan por todo el mundo en sus exhibiciones, o modelo famosa, empresaria o… viuda con dinero!- ella le sonríe con indulgencia. El barman descansa las copas en una escarcha de sal.

En la cama trata de moverse, los dedos primero, una pierna, un brazo levantado al aire para mantener el equilibrio, como cometa, la otra pierna le cuelga de la cama, la cara casi totalmente inexpresiva, inmóvil, aunque por dentro sienta que un volcán de dolor le erupciona las vísceras. El dolor de la carne es un alivio cuando recuerda que todavía queda tiempo y vida, esto es distinto.

 La enfermera le alcanza el certificado de alta junto con su ropa, y pregunta si le gustaría una silla de ruedas para bajar a la salida del hospital, a lo que responde negativamente con un movimiento de cabeza.

Ya está sobre sus pies al menos, entumecidos por el frío de la inmovilidad amenazan con desplomarle en una semana, un mes, un día, pero sus demonios adentro gritan más fuerte, ¡Levántate, anda!

En la bitácora de citas del hospital, al final de la lista, Sección Quimioterapias, queda junto a su nombre asentada la fecha para la próxima radiación.

En el taxi es presa de pensamientos insospechados. Las cortinas de terciopelo rojo se abren desde el infinito que dibuja la oscuridad superior,  pausadamente se descubre la figura de una mujer bailando sobre las luces de un azul tenue.

Frente a un residencial de departamentos el taxi se detiene por unos segundos, después vuelve a encender la marcha. 

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